domingo, 23 de octubre de 2011

El árbol de la vida: árbol de la espiritualidad del hombre.


Terrence Malick, director de culto, siempre ha impregnado sus películas del fenómeno religioso, que en el árbol de la vida se hace evidente, al asombrarnos con el misterio de la vida, del universo y del ser humano. Al ver cada una de sus escenas uno siente lo mismo que en el interior de una catedral: admiración y agradecimiento ante la grandeza de lo tremendo y fascinante. 
Pero también es una lección de sabiduría sobre la vida y la muerte, sobre el sufrimiento y la ausencia de Dios en medio del dolor y la duda, sobre el que es sabio porque ha centrado su vida en el amor y su entrega, y sobre el que se pierde porque ha perdido esa buena raíz, esa matriz paciente y dedicada que enseña que la vida consiste en aprender a amar, en saber amar para no pasar por ella como un destello.

La película no ofrece una lección magistral, una lectura esotérica o gnóstica de la realidad, al alcance sólo de iniciados, a interpretar solamente por detentadores de ciencia infusa, sino una reveladora por impresionante sencillez, por su cercanía, por su profunda visión de unidad en todo lo creado. 
Tan válida es la explicación del asombro, como la del sesudo comentario, la de la interpretación espiritual o filosófica, como la más simple del deleite, la del encuentro con la maravilla y la fascinación ante la gota de agua, ante la luz en las tinieblas, ante los pequeños deditos de un ser en construcción, ante las verdes catedrales de los árboles que empujan hacia el cielo en busca no sólo de la luz, sino de su propia espiritualidad, de su propio encuentro con lo divino.


Después de interpelarnos con el interrogante de las palabras del libro bíblico de Job: ¿dónde estabas cuando Dios puso las bases de la tierra?, nos enseña que hay dos formas de peregrinar y combatir en la vida: “la de la naturaleza y la de la gracia”. 
Según la opción que escojamos, así seremos.


Poco importa la trama, escasa importancia tiene también la idea que tenga Malick de Dios o de cuál sea su fe religiosa y su filosofía de vida. 
Él se ha propuesto capturar en imágenes el misterio y la magia del universo y de la vida, las raíces divinas del ser humano, al tiempo que mostrarnos los caminos posibles en este majestuoso escenario que llamamos vida, creación: el de la sabiduría, centrado en el reconocimiento, en el agradecimiento, en el amor que lo inunda y da sentido y felicidad a todo; y el camino natural, en donde sólo importa nuestra situación, nosotros mismos y nuestras necesidades, fundadas o creadas, que nos conduce al olvido de lo que realmente somos, a desechar la contemplación y la consideración, y por ello al camino de la perdición.


Para ilustrar mejor ambos caminos Malick muestra el de la naturaleza como cruel y miserable, mientras que el camino de la gracia, es expresión de la divinidad, permite recuperar la armonía, la unidad. 
Así la secuencia de los dinosaurios viene a cuento para mostrarnos la “sola gratia”, ese es su propósito: filmar un gesto de dominación y piedad, cuando un animal apoya su pata sobre otro agonizante, antes de continuar su camino. La violencia esperada es anulada por un acto de pura gracia. 
Gesto de gratuidad que entronca con el amor, esa otra fuerza universal, invisible y presente en todo, que orienta y da sentido pleno a todo. Y esta magnífica lección ha conseguido transmitirla, de manera sublime, de forma maestra juzgaría.



El final es antológico. Nos presenta el entorno de la muerte dentro de la vida misma. Por eso se pasean los protagonistas y otras personas por la playa de la vida, encontrándose, siguiéndose, abrazándose, reconociéndose. 
Nos recuerda las palabras de san Pablo cuando escribe esa frase enigmática: “ahora conocemos como en un espejo”, pero después, es decir, tras la muerte, esa transformación presente en todo, “conoceremos como hemos sido conocidos”, alcanzaremos ese conocimiento, que tanto nos cuesta y tanto perseguimos y anhelamos, perfecto y total de nosotros mismos.


Seas el creyente que seas, no te la pierdas, apelo a tu sensibilidad como ser humano, no a tus ideas. En la sensibilidad, en el campo de los sentimientos y valores más nobles, ahí nos podemos encontrar y abrazarnos e incluso estar de acuerdo.



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Juan G. Biedma

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